domingo, 11 de febrero de 2018

Gobernar Para Los Pobres*

En la Argentina de los slogan vacíos, no son pocos los que le indilgan al gobierno el Gobernar para los ricos, pero son ínfimos los que tienen propuestas sustentables de cómo generar las acciones que signifiquen la acción contraria.
Para intentar analizar con algún tipo de objetividad, algo que ya hace bastante tiempo hemos perdido, deberíamos basarnos en los ciclos históricos de las frías pero inapelables estadísticas y cuando comparamos los números de nuestro país, ya no solamente con países ayer emergentes de otros regiones como Canadá, Nueva Zelanda o Australia (algo que nunca deberíamos resignar), sino además con países de la región, nos podríamos dar cuenta de las causas de nuestros inexplicables niveles de pobreza en el marco de nuestro casi infinito potencial productivo.
Los ideólogos nativos del liberalismo, deberían reconocer que los países a los que ellos admiran son, antes que nada, proteccionistas de lo que les interesa proteger y los progresistas argentinos deberían ver como en países como Uruguay, Ecuador y Bolivia se distribuye pero solo lo que hay, sin acudir al déficit o la emisión monetaria. Los desarrollistas deberían ver que en el mundo, primero invierten los locales y después los foráneos y que la viveza argentina del corto plazo no prospera en casi ningún país del mundo. Los perpetuos amantes del mercado interno, deberían ver qué los países con nuestro mismo nivel de mercado, se preocupan más por exportar que por meter mano a la economía doméstica. Los sindicalistas deberían entender que disminuir el déficit no es ser de derecha, es ser racional y los empresarios deberían maximizar sus ganancias bajando sus costos o ganando escala, no comprando políticos para obtener favores del Estado.
Lo primero que deberíamos discutir en la Argentina es que significa ser pobre. Si es nada más que una cuestión de ingresos exclusivamente o deberíamos plantearnos la pobreza como aquellos que no tienen las capacidades para afrontar las posibilidades de desarrollarse en una sociedad cada día más compleja a la hora de conseguir empleo digno, vivienda propia y calidad en materia de salud y educación.
Si continuamos basándonos en los ingresos, la tentación de inyectar plata al mercado mediante aumentos ficticios nominales o medidas de incentivo al consumo que nos dejaron un 30 por ciento de pobres en la década anterior, seguirá siendo panes para hoy y hambres para mañana. Si por el contrario, intentamos bajarle costos y mejorar las capacidades de los que menos tienen, quizá podamos realizar una tarea más eficiente. Y el mayor costo para los pobres es, fue y será la inflación. Aunque cueste reconocerlo, los periodos de menor inflación en los últimos 35 años son los que menos pobres tuvieron, ya sea durante el gobierno de supuestos neoliberales o keynesianos.
Los costos de los que menos tienen están detectados de manera específica: Alimentos,  vestimenta, Servicios, vivienda, transporte, educación y salud. En estos últimos el Estado no ha generado la eficiencia que permita tener un servicio de calidad que pueda bajar los costos de los usuarios, obligándolos a trasladarse a la educación y la salud privada, cuyos costos afectan de manera notable a las familias que viven de un salario, condenado a los que no lo tienen a la muerte o al analfabetismo. En la mayoría de los servicios privatizados, tampoco el Estado ha metido mano a las estructuras de costos de las empresas que los brindan,  limitándose a planchar tarifas, subsidiarlas o a aumentarlas al ritmo de la inflación, golpeando a aquellos que hacen esfuerzos denodados para pagarlas. En materia de viviendas, no ha sido eficiente para seguir el ritmo del crecimiento demográfico, y es por ello que los costos de alquileres o de compra de una vivienda se han tornado inalcanzables para muchos.
Alimentos y vestimenta dependen del mercado, o sea de la oferta y la demanda. La oferta de alimentos (inconcebible para un país productor como el nuestro) se ha concentrado (por no decir cartelizado) en las grandes superficies que no solo definen los precios al consumidor y al productor, sino que además ofrecen una limitada gama de productos, casi sin accesos a sus góndolas de las pequeñas y medianas empresas. Hemos desincentivado tanto el mercado externo, que las grandes industrias alimenticias aún tienen como meta principal el escaso mercado interno, cuando tienen un mundo para abastecer.
Las estrategias de reactivación de la economía siempre se han basado en fomentar el consumo pero manteniendo la oferta de bienes, por lo que, naturalmente siempre se tradujo en mayor inflación. Los grandes productores de bienes y servicios siempre han preferido dinero en el bolsillo de sus clientes que compraran cualquier cosa al precio que ellos fijan  a bajar sus costos o mejorar sus servicios para que sean más accesibles a la totalidad de la población. Y los gobiernos han actuado en consecuencia con dichos fines, lo que ha generado más inflación. A la hora de subsidiar, subsidiamos el consumo en vez de la producción pyme, los planes en vez del empleo, las tarifas de servicios en vez de las viviendas y poco y nada hacemos por incentivar programas que permitan a los que menos tienen producir aunque sea en una parte los bienes que consumen, generando una mayor oferta de bienes y servicios antes que una mayor demanda.
Si la Argentina se planteara fomentar el aumento su producción, basada no solo en el mercado interno sino además en el externo, diversificando la oferta, que mayoritariamente se encuentra centralizada en unos pocos, quizá podamos mejorar el empleo, los ingresos externos y recuperar las inversiones que nunca llegan, manteniendo niveles de inflación comparables con la mayorías de los países del mundo.
Repartir la torta es una tarea sencilla, comparada con hacerla. Recaudar entre los de siempre también. Gobernar para los pobres y la clase media no es una tarea sencilla: Implica un compromiso constante con la igualdad de oportunidades, con el desarrollo de capacidades para todos, y fundamentalmente con el equilibro fiscal, la eficiencia del Estado, la equidad impositiva, la transparencia y la sana competencia. Gobernar para los ricos se hace solo, ya que a ellos siempre les va bien, gobierne quien gobierne.

*Ing. Humberto Benedetto Parlamentario del Mercosur por Córdoba

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