En
la Argentina de los slogan vacíos, no son pocos los que le indilgan al gobierno
el Gobernar para los ricos, pero son ínfimos los que tienen propuestas
sustentables de cómo generar las acciones que signifiquen la acción contraria.
Para
intentar analizar con algún tipo de objetividad, algo que ya hace bastante
tiempo hemos perdido, deberíamos basarnos en los ciclos históricos de las frías
pero inapelables estadísticas y cuando comparamos los números de nuestro país,
ya no solamente con países ayer emergentes de otros regiones como Canadá, Nueva
Zelanda o Australia (algo que nunca deberíamos resignar), sino además con
países de la región, nos podríamos dar cuenta de las causas de nuestros inexplicables
niveles de pobreza en el marco de nuestro casi infinito potencial productivo.
Los
ideólogos nativos del liberalismo, deberían reconocer que los países a los que
ellos admiran son, antes que nada, proteccionistas de lo que les interesa
proteger y los progresistas argentinos deberían ver como en países como
Uruguay, Ecuador y Bolivia se distribuye pero solo lo que hay, sin acudir al
déficit o la emisión monetaria. Los desarrollistas deberían ver que en el
mundo, primero invierten los locales y después los foráneos y que la viveza
argentina del corto plazo no prospera en casi ningún país del mundo. Los
perpetuos amantes del mercado interno, deberían ver qué los países con nuestro
mismo nivel de mercado, se preocupan más por exportar que por meter mano a la
economía doméstica. Los sindicalistas deberían entender que disminuir el
déficit no es ser de derecha, es ser racional y los empresarios deberían
maximizar sus ganancias bajando sus costos o ganando escala, no comprando
políticos para obtener favores del Estado.
Lo
primero que deberíamos discutir en la Argentina es que significa ser pobre. Si
es nada más que una cuestión de ingresos exclusivamente o deberíamos
plantearnos la pobreza como aquellos que no tienen las capacidades para
afrontar las posibilidades de desarrollarse en una sociedad cada día más
compleja a la hora de conseguir empleo digno, vivienda propia y calidad en
materia de salud y educación.
Si
continuamos basándonos en los ingresos, la tentación de inyectar plata al
mercado mediante aumentos ficticios nominales o medidas de incentivo al consumo
que nos dejaron un 30 por ciento de pobres en la década anterior, seguirá
siendo panes para hoy y hambres para mañana. Si por el contrario, intentamos
bajarle costos y mejorar las capacidades de los que menos tienen, quizá podamos
realizar una tarea más eficiente. Y el mayor costo para los pobres es, fue y
será la inflación. Aunque cueste reconocerlo, los periodos de menor inflación
en los últimos 35 años son los que menos pobres tuvieron, ya sea durante el
gobierno de supuestos neoliberales o keynesianos.
Los
costos de los que menos tienen están detectados de manera específica:
Alimentos, vestimenta, Servicios,
vivienda, transporte, educación y salud. En estos últimos el Estado no ha
generado la eficiencia que permita tener un servicio de calidad que pueda bajar
los costos de los usuarios, obligándolos a trasladarse a la educación y la
salud privada, cuyos costos afectan de manera notable a las familias que viven
de un salario, condenado a los que no lo tienen a la muerte o al analfabetismo.
En la mayoría de los servicios privatizados, tampoco el Estado ha metido mano a
las estructuras de costos de las empresas que los brindan, limitándose a planchar tarifas, subsidiarlas
o a aumentarlas al ritmo de la inflación, golpeando a aquellos que hacen
esfuerzos denodados para pagarlas. En materia de viviendas, no ha sido
eficiente para seguir el ritmo del crecimiento demográfico, y es por ello que
los costos de alquileres o de compra de una vivienda se han tornado
inalcanzables para muchos.
Alimentos
y vestimenta dependen del mercado, o sea de la oferta y la demanda. La oferta
de alimentos (inconcebible para un país productor como el nuestro) se ha concentrado
(por no decir cartelizado) en las grandes superficies que no solo definen los
precios al consumidor y al productor, sino que además ofrecen una limitada gama
de productos, casi sin accesos a sus góndolas de las pequeñas y medianas
empresas. Hemos desincentivado tanto el mercado externo, que las grandes
industrias alimenticias aún tienen como meta principal el escaso mercado
interno, cuando tienen un mundo para abastecer.
Las
estrategias de reactivación de la economía siempre se han basado en fomentar el
consumo pero manteniendo la oferta de bienes, por lo que, naturalmente siempre
se tradujo en mayor inflación. Los grandes productores de bienes y servicios
siempre han preferido dinero en el bolsillo de sus clientes que compraran
cualquier cosa al precio que ellos fijan a bajar sus costos o mejorar sus servicios
para que sean más accesibles a la totalidad de la población. Y los gobiernos han
actuado en consecuencia con dichos fines, lo que ha generado más inflación. A
la hora de subsidiar, subsidiamos el consumo en vez de la producción pyme, los
planes en vez del empleo, las tarifas de servicios en vez de las viviendas y
poco y nada hacemos por incentivar programas que permitan a los que menos
tienen producir aunque sea en una parte los bienes que consumen, generando una
mayor oferta de bienes y servicios antes que una mayor demanda.
Si
la Argentina se planteara fomentar el aumento su producción, basada no solo en
el mercado interno sino además en el externo, diversificando la oferta, que
mayoritariamente se encuentra centralizada en unos pocos, quizá podamos mejorar
el empleo, los ingresos externos y recuperar las inversiones que nunca llegan,
manteniendo niveles de inflación comparables con la mayorías de los países del
mundo.
Repartir
la torta es una tarea sencilla, comparada con hacerla. Recaudar entre los de
siempre también. Gobernar para los pobres y la clase media no es una tarea
sencilla: Implica un compromiso constante con la igualdad de oportunidades, con
el desarrollo de capacidades para todos, y fundamentalmente con el equilibro
fiscal, la eficiencia del Estado, la equidad impositiva, la transparencia y la
sana competencia. Gobernar para los ricos se hace solo, ya que a ellos siempre
les va bien, gobierne quien gobierne.
*Ing. Humberto
Benedetto Parlamentario del Mercosur por Córdoba
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