El cantor popular decía que
veinte años no es nada pero yo digo que doce no es poco. Y estos años del
imperio k han dejado grietas difíciles de cerrar pero también huellas difíciles
de borrar. La Cultura, eso que se define como todo lo que el hombre o los
pueblos hacen, también ha tenido en estos años cambios de pensamiento
generalizados en la opinión pública y publicada. Algunos de esos cambios de
opinión le costaron al pasado gobierno duras batallas aunque otras han sido más
fáciles de asimilar por el conjunto de los argentinos.
La primer victoria del kirchnerismo fue convencer a la mayoría de
los argentinos de que el Grupo Clarín miente. Que lejos de ser un multimedio
independiente como durante años se pregonaba, es más bien un medio con
importante hegemonía que incide en el Poder Real de la Argentina y mucho más aún
en las decisiones políticas, ya que al parecer muchos políticos argentinos
están hoy más dedicados a las agendas de los medios que a las agendas de la
gente. Esta victoria hace que, lectores durante años del Gran Diario Argentino
como yo, hayamos tomado prudente distancia al momento de dar como ciertos sus dichos, de afirmar la
independencia de sus contenidos o tomáramos con pinzas las editoriales u opiniones
de sus respetados periodistas. Casi como nunca antes para poder hacernos una
idea de la realidad los pocos interesados en ello tenemos la fastidiosa pero
saludable tarea de leer o ver varios medios (que tampoco muestran independencia
alguna) para promediar una imagen de esta realidad argentina que ha superado
largamente a la ficción. Esta batalla cultural le llevó mucho tiempo y esfuerzo
al gobierno k pero aun no estoy seguro si la relación costo beneficio fue la
más satisfactoria.
La segunda gran victoria fue la asimilación, ya no por parte de la
sociedad sino además por sus actores económicos, de que las retenciones a las
exportaciones agropecuarias son razonables. Ver el festejo de los ruralistas
luego del voto no positivo me causó una sorpresa sin límites, porque lo que se
festejaba era tener que aportar “nada más” que 35 % de sus ingresos, algo que
años anteriores hubiera significado a quienes lo sugirieran un linchamiento en
el predio de la Rural de Palermo.
Esta victoria cultural le costó
mucho en términos políticos al gobierno, pero pasado el tiempo algún
historiador se preguntará: ¿Como hicieron para que quienes silbaron a Alfonsín
por implementarlas en los 80, aplaudieron a Menem por eliminarlas en los 90 y
las aceptaran solo de manera provisoria y al 20 % con Duhalde, terminaran
asimilando tamaña derrota en términos económicos?. Pocos son los que animan a
recordar que si la resolución 125 se hubiera aplicado durante estos últimos
años las retenciones hubieran sido mucho menores a las que aún se pagan
actualmente en soja.
La Tercera Victoria fue más sencilla y es la que hoy estamos
viviendo. Contó y cuenta con la complicidad expresa de casi todos los
argentinos que, en su fuerte individualismo y su convicción de que lo que paga
Estado no lo pagamos todos, acepta y proclama dos conceptos casi únicos en el
mundo: Que se puede vivir por siempre con la totalidad de la población
subsidiada y que se puede bajar una inflación del 25, 35 o 45 % anual de manera
gradual. Son muchísimos los argentinos (y por ende los periodistas y
políticos afines a decir lo que la gente quiere escuchar) los que le piden al
gobierno de Macri hacer lo que nunca en el mundo se pudo hacer (y desafío a los
economistas que me lo desmientan porque no soy lo que se dice un gran entendido
en la materia) que es disminuir la inflación manteniendo el déficit fiscal, sin
recurrir al endeudamiento externo y sin contar con una clase empresarial local
dispuesta a la inversión para mejorar la oferta manteniendo la demanda. Aferrados
a la gran esperanza de la inversión externa se esperan las inversiones
productivas sin analizar que ni siquiera las empresas chinas invertirían en un
país donde deberán discutir con Moyano o quien sea aumentos salariales en
dólares del orden del 35 % anual. Pedir gradualismo y mantenimiento de
subsidios generalizados en esta economía superdeficitaria es el equivalente a
pedirle a Messi que desde la mitad de la cancha y de espaldas ponga la pelota
en el ángulo superior derecho. Macri y su equipo podrán ser buenos
administradores, pero no son los Maradona de la Economía. Nadie en el mundo
pudo serlo hasta ahora.
Humberto Benedetto

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