Como
en la película Match Point de Woody Allen, el abogado Martinero tuvo su destino
marcado por el azar, por la rectilínea trayectoria de una bala que pudiendo
convertirlo en justiciero, lo convierte en homicida; que pudiendo pegar en un
auto o en las paredes o en el cuerpo del motochorro pega, por esas cosas que
tiene el libre albedrío, en el cuerpo de un pobre cerrajero que nunca debió
pasar por allí.
El
primer destino del tirador hubiera sido la gloria mediática: Si esa bala daba
en el cuerpo del moto chorro el sensacionalismo argentino lo hubiera hecho el
héroe del mes. Programas de cocina, políticos, humorísticos y hasta de
chimentos hubieran discutido hasta el cansancio para defender a este hombre que
con su acto de valentía hubiera revivido el
fascista encubierto que muchos argentinos tienen en algún rincón de la
memoria.
El
segundo destino hubiera sido neutro. La bala perdida, hubiera sido solo eso y
ahí la polémica mediática era corta: Que la inseguridad hace que la gente ande armada,
que la justicia no funciona, que la mano dura, que la mano blanda, que la ley es
para los ricos y el castigo para los pobres. Pero sin muertos la noticia no
existe. Y la vigencia de la ley parece que solo importa si alguien muere. Los
periodistas, los jueces y la gente no tienen tiempo para discutir sobre
cuestiones morales.
El
tercer destino fue el inesperado. Esa bala paso por detrás del motochorro y
tuvo como destino la espalda de un pobre tipo que justo ese día, en ese
instante, caminaba tratando de hacer cualquier no sé qué cosa pero seguro que
no era morir de una bala absurda, tan absurda como es la muerte cuando se hace
realidad.
Ahora
Si la polémica comienza a analizar en serio la justicia por mano propia. Tuvo
que morir un inocente para que el justiciero pasara de héroe a villano, de
abogado a usurero, de víctima de una estafa a implicado en un triple crimen.
¿Cuál
fue el error? Se pregunta Martinero. Y la respuesta es simple pero hacía falta
un muerto inocente para que fuera sencilla: El error no fue el azar o la mala
puntería sino el haber sacado un arma para hacer justicia por su propia mano.
Humberto Benedetto
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